Uno de mis primos llega para solicitar mi ayuda con una de sus tareas académicas. Él está estudiando Comunicación Social en una prestigiosa universidad, pero algunas materias y asignaciones escapan a su comprensión. Ahora le toca redactar el formato de una crónica de opinión y pide: "¿Conoces algún personaje famoso sobre el que podamos escribir?". Por supuesto, ha detallado las tres fotografías que mantengo en mi escritorio: tres mujeres que me sirven de inspiración literaria; mis musas, pues. En blanco y negro, los rostros de Marguerite Duras, Anaïs Nin y Virginia Woolf parecen intemporales y eternos. "¿Quiénes son esas viejas?", pregunta él, al mismo tiempo que no puedo evitar poner los ojos en blanco.
J. J. es un adolescente promedio; un adolescente homosexual promedio. Ha escogido estudiar periodismo porque le parece chic e interesante; pero no lo hace por vocación. Es un joven soldado, cuyas armas serán las letras y al que no le gusta, paradójicamente, leer el periódico. ¿Pudiera existir mejor contradicción? En realidad, no le gusta leer, escribe lo necesario (en clases) y no se siente motivado a explorar la corriente artística de nuestro país. No obstante, estudia para convertirse en periodista. Se encuentra anclado en una edad en la que prefiere saltar de una relación a otra, trasnocharse en las discotecas y descargar música de la red.
Su completo desinterés me tomó desprevenido. Sin imaginárselo, propició incandescentes pensamientos en mi memoria. Recordé el principiante amor que sentí por la palabra escrita y las consecuentes decisiones que me vi obligado a tomar por sugerencia familiar. En ese entonces, Administración de Empresas Turísticas era la carrera adecuada en un país tropical y con una infraestructura en pleno desarrollo. Escribir nunca fue una opción rentable. Era cuestión de sentido común. Nada más. Sin poder evitarlo, me vi reflejado en este muchacho desgarbado sin orientación definida.
¿Con qué sueña J. J.? ¿Qué es eso que en el fondo lo motiva? ¿Qué persigue?... ¿Acaso lo sabe? Resulta abrumador contabilizar la cantidad de seres humanos que transitan por esta vida sin prestar atención a su yo interno; entes anónimos insatisfechos por el día a día que les toca vivir. Algunas veces parece una tarea difícil descubrir lo que de verdad nos ilumina, aquello que enciende nuestra chispa divina y nos impulsa a redescubrir nuevos horizontes... Me pregunto cuánto tiempo le tomará a mi primo... si es que alguna vez lo hace.
verso vivo
Hace 4 horas
