1 de noviembre de 2009

Sorpresas literarias.

Siempre es divertido y estimulante visitar sitios donde se exhibe buena literatura y existe la posibilidad de tropezarse con gente que se siente tan interesada por la palabra escrita como uno. Aunque representó un pequeño suplicio llegar hasta Valencia y visitar la FILUC de este año, los trastornos y la espera en la autopista bien valieron la pena. Llegué un poco cansado al centro comercial, acaso hastiado por el intenso calor del mediodía, tal vez inconforme por el aglomeramiento de tanta gente; pero conforme entré a los espacios de la feria y me detuve en el primer stand, todo se evaporó. Me convertí en ojos que todo lo querían devorar, asimilar, descubrir; porque hay pocas cosas que me exciten más que la posibilidad de encontrar un texto largo tiempo buscado o un autor elusivo.

Me agradó colocar mis dedos sobre un volumen de Memorias de Gore Vidal; Los monederos falsos, de André Gide; Marguerite Duras y su India Song; una edición conjunta de Hamlet y Macbeth, de Shakespeare. Lo cierto es que me faltó tiempo y dinero para complacer mis gustos, pero me conformé con las sorpresas especiales que me deparaba la tarde, y aunque no me refiero a libros, sí es sobre autores. Ya casi al final del recorrido, mi vista tropezó con una figura particular, un vestido claro, corto, una piel de porcelana, unos ojos ávidos que escudriñaban con placer entre las diferentes propuestas literarias: Marianne Díaz Hernández. Y no me costó mucho desplegar sonrisas, abrazos, besos al aire; porque la empatía que nos une es poco corriente, como si fuéramos amigos de trato diario, consecuente, repetido.

Juntos nos lanzamos de cabeza en una cacería deliciosa, emulando un par de depredadores experimentados que buscan títulos específicos, autores particulares, temas singulares. En determinado momento, un café para reponer fuerzas, para aprovechar la oportunidad de compartir anécdotas, opiniones, planes, fracasos y sugerencias literarias. Intercambiamos impresiones sobre el trabajo de Rodrigo Blanco, de Fedosy Santaella, de Gabriel Payares, de Héctor Torres; incluso nos animamos a desvelar las peripecias propias en el campo narrativo, los avances, las ideas, los fragmentos que podrían convertirse en párrafos memorables. Ya casi al final de la tarde, cansados pero queriendo más, como niños renuentes a partir, buscamos puesto en la presentación que tendría Alejandro Oliveros sobre sus diarios literarios. Le confesé que me interesaba encontrarme con el poeta valenciano porque su labor diarística me estimulaba bastante, y deseaba reencontrarme con él luego de nuestras tertulias en Caracas, cuatro años atrás.

La sesión inició con algún retraso, pero después de que mis ojos se cruzaron con los de Oliveros volví a experimentar la vieja sensación que tuviera durante el taller que él dirigió sobre el género literario del diario íntimo; me enfrenté de nuevo con un hombre de conocimiento amplio sobre la labor narrativa, el proceso creativo, la complejidad de escribir para ser leído. Allí estaba la mirada intensa, el verbo fácil, las historias interesantes en torno a una tarea antigua y secreta; aunque también se discutió sobre la actualización que la tecnología moderna ofrece, ya que Oliveros contó sobre su experiencia en el portal digital Prodavinci, donde publica las entradas de su diario 2009 día a día, enfrentándose con el lector de tú a tú, sin la distancia que el texto impreso brinda. Y a pesar de que confesó predilección por la página impresa, los libros editados, al mismo tiempo reconoció que uno debe aventurarse, arriesgarse en esta travesía incierta de la virtualidad inmediata. Estuve de acuerdo con él, en ambos sentidos.

Al finalizar su disertación, después de responder algunas preguntas de la audiencia, se levantó para acercarse hasta donde estábamos nosotros. Colocó su mano en mi hombro y preguntó sobre mi actividad dentro del diario, habló del tiempo transcurrido, se ofreció a mantener el contacto y tuvo la gentileza de firmar uno de los volúmenes de su propio diario que llevaba conmigo; también saludé a su esposa Eileen, quien me recordó casi de inmediato y compartió algunas palabras amables, evocativas sobre nuestro último encuentro. Fue un intercambio afable, especial, instructivo; pero otras personas esperaban para hablar con el poeta. Me despedí de su esposa con un beso, antes de estrechar la mano de Oliveros y prometerle escribir pronto a la dirección que me brindó.

Afuera, ya de noche, el estacionamiento presentaba casi el mismo congestionamiento que enfrentara antes de llegar, pero crucé entre los vehículos con una sonrisa particular por las sorpresas literarias de la tarde: los libros, la discusión, Marianne, las compras, Oliveros; son estímulos que me llenan de regocijo, de proximidad, de inspiración narrativa. Manejé de regreso escuchando Fausto, la ópera de Gounod, y planificando mentalmente mi asistencia a la charla que ofrecerá Marianne el próximo miércoles, y la que no pienso perderme bajo ninguna excusa, porque hoy descubrí que me muevo entre mundos solitarios: el de lector y el de escritor; pero de vez en cuando, como esta tarde, emerjo a la superficie para cruzar mis pasos con amistades semejantes y celebrar aquello que nos une sin necesidad de buscarle explicaciones: la fantasía, la imaginación, la prosa, la poesía de cada esfera particular.

25 de octubre de 2009

Noches mundanas.

Lo primero que siento al despertar es la pesadez en los párpados, mucha sed, el pensamiento abotagado y algunos fragmentos evasivos de la noche anterior. Cierro los ojos e intento armar el rompecabezas lentamente. Aquí y allá sobresalen el eco de las risas pretéritas, el humo de la parrillera, el amargo sabor que me dejó el pitillo de marihuana, el aroma fragante del vino tinto; entonces me relajo, hago un paréntesis con la mirada abierta para contemplar el azul matinal del cielo, sin nubes, intenso sobre el follaje verde que enmarca la ventana. Luego me encierro pestañas adentro y revivo las historias de la pasada reunión, el placer mundano, la dejadez, la espontaneidad; y de nuevo sueño.

Rememoré la vista fija sobre el farol del jardín, tan solo, tan inocente, haciendo un esfuerzo por filtrar su luz a través del hibisco que lo cercaba. Apenas quería moverme, ausente en pensamientos ajenos, fallidos, mientras mis amigas (tan cerca y lejos al mismo tiempo) se perdían en un murmullo ininteligible. Fue una pausa muy íntima, apacible, incorpórea. Teníamos mucho tiempo sin reunirnos, sin hablar tanto, sin beber con ese exquisito entusiasmo que brinda la amistad que ha durado ya bastantes años. Carmen Julia tuvo la idea de cocinar una parrilla, y su pareja quiso celebrar el encuentro con unas cervezas. Conociéndome bien, no tuvieron reparos en conseguirme una botella de vino tinto para poder brindar todos juntos. Y la comida estuvo genial, los tragos, la noche limpia de nubes (que en el llano permite contemplar las estrellas con mayor facilidad), la magia del momento compartido. Casi perfecto.

Terminamos en el jardín, sin música, riendo, evocando anécdotas de viajes pasados y antiguos amores; creo que fue Amelia (la más joven de todos) quien sacó el pitillo de marihuana y lo encendió con descaro, para bajar la comida, dijo. El ambiente que nos contenía era tan sugerente que pronto la canulilla pasó de mano en mano, permitiéndonos recrear viejas fiestas que habían tenido lugar quince años atrás, cuando nos permitíamos unos cuantos excesos. Y sospecho que nos veíamos un poco extraños, ya cerca de los cuarenta, fumando marihuana con el placer de unos adolescentes, haciendo esfuerzos por reprimir la risa, gesticulando al no poder expresarnos bien, recordando aún más la juventud que una vez compartimos.

Y allí nos quedamos, en los muebles del jardín, ocho siluetas rientes entre las sombras que el hibisco rojo proyectaba sobre nosotros, entre cervezas, copas de vino, el débil fulgor del único farol, remembranzas, anécdotas nuevas, el humo de la parrilla mezclándose con nuestras exhalaciones ilegales; fue un momento suspendido, inalterable, conforme otras ideas se retorcían en mi mente. Fue cuando reparé en la imagen frágil de la luz, y a la vez tierna, suave, llena de susurros; y hubiese querido detener el tiempo, quedarme siempre allí, cerrar los ojos y gozar de aquella infinita paz de los sentidos. Me sabía intoxicado, pero no importaba. Quizás otra persona que nos hubiese visto, habría interpretado la escena erróneamente, pero creo que ninguno pensó en ello. Tal vez antes nos habríamos sentido estimulados para inventar un precipitado viaje hasta la playa, una salida rápida para perseguir la noche y encontrar el amanecer, ingerir alcohol hasta la inconsciencia y el ridículo; pero ahora nos conformábamos con reír hasta que las lágrimas saltaran de regocijo, dar palmadas de emoción, recrear escenas pretéritas con la certeza que brindaba la distancia, cómodos, seguros, atemperados.

Nos despedimos cerca de la medianoche, pues la fiesta había comenzado poco antes del crepúsculo; todo estuvo bien, la cocción de la carne, la ensalada, la temperatura de las cervezas, el sabor del vino, el sofá en el jardín, las estrellas, el pitillo de marihuana, el farol, las risas, la conversación afable y cómoda, sin la preocupación de herir susceptibilidades ajenas; fuimos un grupo de amigos con muchos años de amistad, un cariño colectivo, el reflejo de una época espontánea. La habíamos pasado muy bien, y ninguno sintió la necesidad eufórica de alargar las horas, abusar de la madrugada. Camino a casa me tocó pasar por el Estadio, un espacio amplio donde suele reunirse la gente joven (y no tan joven) para disfrutar de las noches del fin de semana, seducir, bailar, ejecutar complicadas coreografías emocionales para luego tener algo que contar cuando la etapa se haya superado; contemplé a los diferentes grupos, muchos apenas en la veintena, asiéndose con las uñas a la intemporalidad del momento que les tocaba vivir. Me permití una sonrisa de comprensión, de sosiego, porque a mí también me tocó alguna vez estar allí.

Ya en casa volví a pensar en ello. Comprendí que cada etapa tiene su momento, su razón de ser, su banda sonora específica (¿quién de mi generación no recuerda la lambada, Desorden Público y los bailes hasta la madrugada con las canciones de Sandy & Papo?). Pero decidí que lo importante es saber reconocer las circunstancias, el placer que se consigue más allá del sudor y el escándalo, una buena conversación sin sobresaltos, confortable, vigorizante y relajada al mismo tiempo. Muy especial.

Abro los ojos para visualizar otra vez el cielo de la mañana, dejando que algunos recuerdos aún dormidos se despierten de su sueño profundo. Quiero que mi primera sonrisa contenga el azul, el verde, el ocre, la luz del farol, el encendido rojo del hibisco y la certeza que se repetirán otras cenas, otros paseos, otros sueños prolongados donde recuperar las risas perdidas y las amistades rotas.

6 de octubre de 2009

Diva.

En días recientes leí en un periódico nacional la publicidad sobre el próximo concierto de Sarah Brightman en el Teatro Teresa Carreño. La noticia me agradó porque la cantante inglesa es una de mis favoritas, por la contemporaneidad que ha brindado al canto lírico, los efectos de sonido, la mezcla de géneros musicales y la puesta en escena que siempre impresiona. Pero hubo una frase, al pie del anuncio, que me incomodó en seguida: “La mejor soprano de todos los tiempos”. Me quedé contemplando las palabras, asimilándolas, intentando hallar una variación alternativa; pero no, no hubo forma.

Aquella línea me hizo recordar la admiración que me despierta Maria Callas, la virtuosidad de su voz, el dramatismo implícito, los roles tan disímiles que escogió. La Divina es, desde mi rincón, la única mejor soprano del siglo XX. Nadie como ella supo imprimir tanta pasión a las heroínas de la ópera que representó. Los críticos aún no se han puesto de acuerdo sobre la ambigüedad de su particular timbre de voz, algunos calificándolo de muy metálico, algunas veces estridente en los agudos, pero conservando hasta el final un sonido característico, personal. La Callas tuvo un registro de soprano que le permitía abarcar tres octavas y poseer una sorprendente capacidad para matizar.

Más allá de su virtuosismo vocal, ella tuvo que afrontar convertirse en una figura muy mediática debido a sus relaciones sentimentales, los conflictos laborales, los papeles que quiso representar. Era una mujer carismática, brillante, dramática; y si ha perdurado a través del tiempo es por esa cualidad especial que supo integrar en los roles femeninos que puso en escena. Su vida es como una de esas óperas que interpretó con tanto afán, trágica, sublime, inolvidable. Recientemente terminé de leer una de sus biografías y quedé impresionado por el aspecto cinematográfico de su vida, la relación con Onassis, la traición a Meneghini, la boda de su amado Ari con Jackeline Kennedy, el trabajo con Pier Paolo Pasolini y Luchino Visconti, los viajes, los teatros, el desastroso concierto final en Japón y una muerte digna de una diva como ella. Uno se adentra en Maria Callas y no sale decepcionado. En lo particular, no existe una voz que disfrute más, especialmente cuando escribo; también en el reproductor MP3 que tengo en la oficina, para alejarme del bullicio y el estrés. No me considero un experto, pero he alcanzado el nivel donde ya reconozco su timbre peculiar nada más escuchar un fragmento.

Respeto mucho el trabajo de Monserrat Caballé, Renata Scotto, Kiri Te Kanawa, Joan Sutherland, María de los Ángeles; pero ninguna de ellas logró alcanzar la popularidad y el reconocimiento de Maria Callas. Sus discos se reeditan año tras año, permitiendo así que nuevas generaciones se encuentren con su legado, las grabaciones de sus canciones emblemáticas, incluso los videos de representaciones en vivo en diferentes escenarios.

Una de mis más queridas amigas tuvo la gentileza de regalarme la pasada Navidad un estuche conmemorativo con las mejores 100 canciones de la diva. Una colección de 6 CD con arias de sus óperas más representativas. Sencillamente, lo adoro; se ha convertido en una de mis posesiones más valiosas. Opino que Tosca es la mejor interpretación de su carrera, muy por encima de Norma, La Traviata, Madama Butterfly y Lucia di Lammermoor. Reconozco que no todo el mundo encuentra el bel canto atractivo, lo acepto; pero cuando uno es fiel amante de este género, no acepta imitaciones, disfraces, medias tintas. Es por eso que me indigné con la publicidad del concierto de Sarah Brightman. Ella tiene una excelente voz, muy aterciopelada, con registros muy altos; pero diva sólo hay una, y ésa es ella, la Divina, la Callas.

22 de agosto de 2009

Las pasiones del intelecto.

Cuando uno está inmerso en una pasión artística es bastante difícil encontrar una pareja comprensiva que asimile nuestros cambios de humor, la ambivalente necesidad de un espacio propio, los súbitos arranques de melancolía y el diálogo permanente con las voces internas. Todo artista, todo creador, vive en un mundo con reglas particulares, ajenas, que de vez en cuando tendrá que flexibilizar sus pensamientos para ajustarse a la cotidianeidad. Es un precio justo, creo yo. La idea me vino porque recientemente leí un artículo sobre las parejas literarias de la historia y la influencia que se ejercían mutuamente.

Para el escritor la soledad es una herramienta muy importante; uno lee en soledad y escribe en soledad y piensa cuando está solo; luego llegan estas voces ajenas que distorsionan todo, pidiendo esto o aquello, cuando todo lo que uno quiere es estar a solas para poder trabajar tranquilo. Cualquier pareja que se tenga quizás hará un esfuerzo por entender este mundo interno, pero no siempre es tarea fácil. El escritor se afana en una realidad alterna, suplantando la imaginación y llenando el silencio con diálogos inexistentes. ¿Cuántos no hay que lo catalogan a uno de loco? Bueno, en mi caso soy feliz con mi locura. Y mi soledad. Porque esta soledad no implica silencios, ni aburrimiento, ni ausencia de amigos; es todo lo contrario. Pero cuando uno hace cierta apuesta sentimental con otra persona, el ingrediente literario y creativo estará siempre presente, en el medio, bajo la cama, sobre la mesa, en cada orgasmo y en el crepúsculo de cada tarde lluviosa.

Hannah Arendt y Heidegger, Elena Garro y Octavio Paz, Alberto Moravia y Elsa Morante, H. G. Wells y Rebeca West, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Kafka y Milena Jesenská, Joseph y Jessie Conrad, Ramón Gómez de la Serna y Luisa Sofovich, Henry Miller y Anaïs Nin, Paul Celan e Ingeborg Bachmann, Lillian Hellman y Dashiell Hammett, Colette y Henri Gauthier-Villars, Rafael Alberti y María Teresa León, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.

Las preguntas surgieron casi enseguida: ¿qué tanto se nutren unos a otros y se aprovechan de las sugerencias, los puntos de vista alternativos? ¿Es positiva esta simbiosis literaria? ¿Ayuda emocionalmente para alcanzar otros niveles de creatividad? ¿O sucede todo lo contrario, pero con el mismo fin? ¿Acaso la angustia, el tormento, la ansiedad sentimental oxigenan páginas nuevas y llenas de vitalidad? ¿Puede el drama amoroso concebir propuestas diferentes, frescas, dentro del sufrimiento?

Tengo una pareja de amigos que parecen complementarse bastante bien. Él escribe cuentos con una prosa sugerente; ella adora el teatro y redacta dramaturgia. Los dos conviven dentro de una esfera luminosa, intensa y comprensiva. Creo que la ayuda que se ofrecen a nivel narrativo y la visión diáfana de sus respectivos mundos particulares es muy constructiva y liberadora. Ambos conviven en un mismo nivel y se apasionan casi siempre por las mismas cosas; pero tengo entendido que no siempre sucede una interacción tan admirable entre dos mentes creadoras. Ellos interpretan esas pequeñas excepciones a la regla. Ellos se la llevan bien; otros han tenido historias casi de terror.

Anaïs Nin tuvo la necesidad de un sustituto para su padre, un hombre a quien idolatrar y admirar; Henry Miller ocupó ese espacio por una temporada, pero la asistencia creativa entre ellos fluctuaba según la temporada. Algunas veces el escritor estadounidense se mostraba bastante crítico con las páginas de su amante; otras la empujaba para que alcanzara otros niveles de redacción. Y gracias a ella, Trópico de Cáncer pudo al fin ver la luz. George Sand y Alfred de Musset vivieron una relación muy peculiar también, saturada de una pasión intoxicante y continuas separaciones hasta alcanzar los estertores finales; se asemejó más al choque de dos imaginaciones, dos formas de ver la vida y de amar. Era un amor titánico.

Sartre y Simone de Beauvoir, probablemente, disfrutaron de una relación más flexible y cómoda, con lápices en mano para hacer correcciones constantes, aunque se ha escrito mucho en los últimos tiempos acerca de las discretas disputas por los celos de la escritora, quien parece que no se sentía tan liberal como lo proclamaba entonces. Del otro lado descansa Sylvia Plath, quien recurrió al suicidio porque su marido carecía de las herramientas precisas para entender las tormentas de su interior; lo irónico es que la mujer por quien Ted Hughes terminó abandonando a su esposa, también se suicidó.

F. Scott Fitzgerald y Zelda forman un caso aparte, mucho más complejo. Tuvieron la oportunidad de disfrutar de una vida de viajes, lujos y excesos, pero la relación personal entre ellos estaba saturada de claroscuros y adicciones, sin mencionar el desequilibrio mental de la propia Zelda. Y si de desequilibrios se trata, Virginia Woolf pudo sacar a la luz sus proyectos narrativos gracias a la imprenta de su marido, quien colocó en segundo plano sus propias creaciones literarias para encargarse de las de su mujer. Pero aquí lo importante es la narración, el aporte que estos hombres y mujeres hicieron gracias a (o a pesar de) sus relaciones amorosas con otras mentes brillantes.

El auxilio, el desgaste físico, el melodrama, la neurosis, el acicate intelectual, la presión emocional, los celos, los arrebatos coléricos, el existencialismo; son todos ingredientes para una obra poderosa, eterna y llena de matices subliminales. Aunque no quiero dejar afuera las pasiones tangenciales que se desarrollan dentro del campo artístico, que fue por donde comencé. Allí también reposan los amores de Camille Claudel y Rodin; así como la gama de pasiones multicolores entre Diego Rivera y Frida Kahlo. Cada una de esas relaciones representa un universo singular, turbulento, dinámico, explosivo; con reglas particulares y leyes que se ajustaban a las diferentes personalidades en juego; pero una cosa es cierta: nunca, nunca, podrán catalogarse de aburridas, independientemente del resultado.

13 de agosto de 2009

Palabras cromáticas.

Me alejo del escritorio para buscar café. Camino hasta la cocina con una mal disimulada sonrisa de satisfacción por el progreso logrado. La mañana ha sido productiva: dos capítulos consecutivos con pocas tachaduras. Mis dedos se sienten encalambrados, pero felices. He alcanzado un buen ritmo y a este paso es probable que alcance el plot point final en poco tiempo. Me intereso ahora en dejar que la historia avance, que rebose la página, se amolde al resto casi con vida propia. El café no está muy caliente y eso me saca otra sonrisa, provoca una extraña necesidad por regresar a mi puesto y revisar lo que ya escribí; pero sé que no debo abusar de las musas, que debo tomar pausas necesarias para evaluar el trabajo.

Mientras me acomodo en la silla y le busco puesto a la taza tibia, mis ojos tropiezan con la caja de las pinturas y un par de lienzos; todo el material pictórico reposa en un rincón de la habitación, como esperando a que otras musas diferentes despierten de su letargo y me impulsen a motear mis dedos con tonalidades oleosas y brillantes. Los recuerdos de una época manchada llegan en suaves contrastes superpuestos: las sesiones con el artista que moderaba mis lecciones, las tardes suspendidas entre el lienzo a medio llenar y los objetos disímiles que ofrecían sus contornos para guiar mis pinceles; se trata de evocaciones tranquilas que llegan a través de música clásica y el estudio de las técnicas adecuadas para representar otra realidad alterna.

Mi vista va desde el estuche multicolor hasta las páginas llenas con una letra pausada y familiar; pienso que me he limitado a intercambiar las habilidades de un arte por el otro, que el bolígrafo sustituyó las acuarelas sin traumas ni sacrificios. Pero a medio camino descubro que la divergencia es sólo aparente, difuminada. La tarea del escritor no difiere tanto de la del pintor: ambos deben esforzarse por plasmar con fidelidad una imagen que se mueve inquieta entre los pliegues de la memoria; los dos necesitan echar mano a dosis excesivas de disciplina para cuidar el trazo de los personajes, el tono utilizado en las características, la composición adecuada para alcanzar un equilibrio cromático entre las líneas y las formas. En fin, ensuciarse mucho, borrar y volver a empezar, una y otra vez.

El resultado final nunca será satisfactorio; siempre se querrá cambiar un color, agregar otra escena, diluir una tonalidad, desaparecer un personaje, cambiar el punto de vista, rodar algún signo de puntuación, alcanzar un acabado diferente al que se tenía en un principio. Pero allí radica la belleza de la creación, en esa metamorfosis constante y pasajera que amenaza y auspicia el trabajo. Se trata de una labor sin comienzo ni punto decisivo que cierre el párrafo. Existen las variaciones, la sustitución de un fondo, la superposición de nuevos colores.

En la medida en que regreso a las páginas escritas pienso que es preciso agregar los nuevos capítulos con pinceladas sueltas, cuidando también la linealidad en la historia, pero entiendo que se asemeja a un trabajo en progreso. Intuyo que otros capítulos serán anexados con cuidado, incorporados a la labor creativa con atención a los detalles y las líneas hechas. Y de vez en cuando uno debe alejarse, dejar que la pintura fresca se seque sobre el lienzo, para regresar luego y comprobar si la mixtura resulta satisfactoria, si existe coherencia entre las partes; así, paso a paso, se podrá llegar a una posible conclusión que llene las expectativas. A lo largo del trayecto serán precisos unos retoques aquí y otros más allá, hasta que la visión entera casi se desborde del marco que hemos escogido, que adquiera esa vida propia que anhelamos transmitir y que en contadas ocasiones se logra.

Mis palabras de colores manchan el papel con imágenes maravillosas; esto es muy subjetivo, por supuesto. Por ahora apenas me contento en descifrar matices nuevos, experimentar con otras gradaciones, distintas tonalidades narrativas. Total, siempre se puede echar mano a la trementina y empezar otra vez. Nada es definitivo, ni siquiera sobre una tela tan rugosa.

3 de agosto de 2009

Los personajes particulares II

A media mañana me tomo una pausa para salir y fumar un cigarrillo. Se trata de un paréntesis reflexivo, contemplativo. La calle está vacía, tal vez por los oscuros nubarrones que cruzan con lentitud sobre este sector; aunque el calor es sofocante, se pega a la piel como una sombra invasora. A lo lejos, en la esquina donde comienza la calle, una pareja cruza e inicia su largo recorrido hacia donde estoy.

Ella es una mujer alta, madura, bien formada; se asemeja a una amazona que ha superado grandes batallas. El hombre que la acompaña no es muy alto; más bien es grueso, compacto. Forman una pareja contrastante y llamativa. Me recuerdan a los personajes que Carson McCullers utilizó en La balada del café triste. La mujer va vestida con tonalidades fuertes, intensas; el maquillaje en su rostro es excesivo, apenas tan temprano. Él lleva colores pardos, oscuros. Parece que se complementan en un nivel íntimo, secreto. Noto que los labios se mueven, que conversan entre ellos; algunos fragmentos me alcanzan con claridad, pues el timbre que tiene la mujer es bajo, grueso.

Mi jefe me ha hablado antes de ellos, aunque no mucho. A ella la conocen como María La Ronca y era una conocida prostituta. Él era un antiguo cliente que quiso sacarla de esa vida miserable y decadente. Ella se avino a sus deseos sin protestar. Por un momento, conforme caminan frente a mí, me pregunto si esta antigua meretriz sentirá algo de amor por su diminuto caballero andante, quisiera saber lo que cruza por la mente de ella mientras hacen el amor, si acaso él se arrepiente de la decisión tomada; el diálogo íntimo que se ejecuta entre ellos cuando están solos.

Porque la verdad es que nunca los he visto interactuando con otras personas; se parecen a esos personajes reiterativos que aparecen a lo largo de una novela extensa: nunca expresan opiniones, no participan directamente en la trama; pero están allí, inmersos en la historia, forman parte del paisaje de fondo. Son figuras representativas, nunca protagonistas. Pero hoy la mujer escoge fruncir sus labios y regalarme una sonrisa: se trata de un gesto cordial, neutro. Ella ignora mis pensamientos, tanto como yo desconozco los detalles precisos de su historia. Por un ínfimo segundo hubiese querido levantar la mano y detenerlos, preguntar cualquier cosa, suscitar una conversación. Me siento hechizado por sus personajes. Temo que pueda malinterpretar mi curiosidad, así que devuelvo su sonrisa y sigo fumando en silencio.

Casi al final de la tarde, ese mismo día, llega una anciana a la oficina para vender dulces. Suele aparecer una semana sí y otra no; esta vez se sienta y nos envuelve con sus diatribas domésticas mientras mis compañeras de trabajo escogen entre los múltiples confites. Me excuso para encargarme de la cafetera y lavar las tazas; la voz de la anciana me persigue hasta el rincón donde me entretengo preparando las minucias de la merienda.

Entonces, de pronto, el sonido de su voz penetra hasta lo más profundo. Intuyo que esa cadencia sonora habrá de reproducirse en uno de mis personajes, las mismas articulaciones, el mismo maltrato del lenguaje. Me olvido de todo y me transformo en una grabadora humana, queriendo captar hasta el último fragmento, cada una de las frases que la vieja emplea, la modulación que la caracteriza. A solas, sonrío. He descubierto que mis personajes particulares aparecen cuando menos los espero, para regalarme un retazo de sus historias sin contar, un trozo de sus vidas anónimas, un vistazo de verosimilitud siempre bien agradecida que incorporo en mis narraciones, a mi diario.

28 de junio de 2009

Un placer egoísta.

Desde la noche anterior me entusiasma un pequeño cosquilleo por todo el cuerpo; se trata de una infantil anticipación, mi mente imaginando posibles escenarios, felices descubrimientos que no espero, y me quedo dormido queriendo soñar con los nuevos autores que finalmente encontraré. Ellos estarán allí, esperando por mi llegada, aguardando el roce de mis dedos sobre sus cubiertas, haciendo un guiño literario para atraer mi atención.

El viaje hasta Caracas lo hago preñado de posibilidades; los comienzos son siempre así. Hago el trayecto en calma, fijándome en el paisaje que me rodea, intentando gozar de este ambivalente día de junio donde ya no es verano, pero tampoco es invierno todavía. Es sábado, casi no hay tráfico que entorpezca mi inocultable apresuramiento por llegar a las librerías, lo disfruto aún más.

El reloj digital de mi teléfono celular marca una hora intermedia (poco antes del mediodía) antes de quedar a oscuras. Lo apago queriendo evitar cualquier llamada inesperada; no quiero que nada ni nadie intervenga en el diálogo silencioso que me propongo realizar. Es un placer egoísta, sí, lo confieso. Antes he intentado explicar mis secretas aficiones, pintar con colores realistas las pulsiones de mi ansiedad; pero muy pocos entienden a plenitud. Entonces escojo disfrutar de mi pasión a solas, sin preguntas innecesarias, sin comentarios no requeridos, ajeno a todo aquello que pueda distraerme dentro de mi activa búsqueda literaria.

Algunos prefieren un paseo silente, una caminata alejada de todo bullicio, en escenarios naturales; otros optan por los deportes extremos, las risas, el juego que recrea la vitalidad exprimida; hay quien se decanta por excursiones gastronómicas, la sensación de los sabores; y existen también las personas que huyen de la soledad en todas sus formas, no entienden el pausado goce de estar con uno mismo, la comunión íntima que ofrece el pensamiento. Todo es válido, no obstante.

Pero no estoy solo en esta afición; otras amistades me han confesado que disfrutan mucho estando absortos en cualquier librería. Por supuesto, es un poco difícil que aquellos ajenos a las tareas literarias puedan asimilar a plenitud este aislamiento, ese deambular impreciso entre libros viejos y nuevos, la ausencia de distracciones que no sean las distintas tramas, propuestas y ensayos narrativos que ocupan momentáneamente la atención.

Cada quien en lo suyo, pues. Porque también me canso de dar explicaciones, intentar que el otro o la otra entiendan las razones de mi escogencia. A muchos les encanta irse de parranda a la playa un sábado por la mañana; a mí no, con sinceridad. Y no se trata de que no me guste, no; es porque tengo placeres prioritarios, elementales, sencillos. A mí que me dejen en una librería toda una tarde y me considero feliz. Quizás el fin de semana que viene me escape a la playa; pero si me ponen a escoger, no hay paisaje que valga.

Reconozco en ello un gozo neurótico, íntimo, casi incomprensible. No puedo evitarlo. Ya ni siquiera me interesa explicarlo. Es un placer particular, individual, ambicioso. No me gusta que la gente me hable, hago todo lo posible por pasar desapercibido, a menos que requiera preguntar algo específico: el precio, otro material del mismo autor, posibles fechas de entrega, etc. La primera librería donde me encierro me ofrece muchos títulos actuales, ofertas editoriales de temporada, portadas multicolores; pero me dejo tentar por anaqueles posteriores, esos que se esconden casi al final. Allí descubro algunos autores interesantes, de cuyos trabajos he leído algunas reseñas sugerentes. El mundo exterior cesa de existir, se aleja, se desvanece durante el tiempo que dura mi paseo entre páginas ajenas y recién descubiertas. Después, al final de la tarde, todo lo que mi cuerpo pide es una generosa taza de café.

He estado en las librerías Alejandría y El Buscón. El viaje de regreso lo hago exultante, alegre, estirando la mano con cierto regocijo para acariciar los libros que he comprado. Permanecen junto a mí en silencio; quiero imaginar que su euforia es similar a la mía, contagiosa, casi inexpresable y muy egoísta.