7 de febrero de 2014

"Las hojas muertas".

            ―¿Quieres otra cerveza? ―dice Belinda.
            ―No, bella ―dice Fernando―. Todavía tengo.
            ―Ay, pero bébete eso. Se te va a calentar, nojoda.
            Belinda se levanta y sale de la piscina con movimientos ágiles y rápidos. Murmura algo ininteligible mientras Fernando mira al hombre mayor que recoge hojas secas en la parte más profunda de la piscina, dándoles la espalda. La mujer se entretiene junto a una mesa de mármol bajo una enorme sombrilla de lona oscura, manipula dentro de una cava y regresa con una cerveza y un paquete de cigarrillos.
            ―¿Cigarros tampoco? ―dice.
            Fernando sonríe.
            ―Cigarros, sí. ¿Y el coco?
            ―Aquí está ―dice Belinda.
            La mujer vuelve a entrar al agua, dejando la botella de cerveza en el borde, junto a los cigarrillos y el coco seco cortado por la mitad para echar las cenizas. Se sienta junto a Fernando y coloca la espalda contra las baldosas azules, evitando mojarse el cabello que lleva recogido en un moño alto. Enciende un cigarrillo y se lo pasa a Fernando. Después enciende otro para ella.
            ―Parece una raqueta de tenis ―dice él.
            ―¿Qué cosa, mi amor?
            ―Eso ―una mano de Fernando emerge del agua―, lo que tiene Chucho para recoger las hojas.
            ―Ah, sí. Hay una más grande ―dice ella, señalando otra parecida, aunque con el mango metalizado y mucho más largo―, pero se rompió. Con la grande es más rápido.
            ―Está tan relajado, ¿verdad? ―dice Fernando y sonríe.
            ―¿Mi esposito? Ése es feliz aquí metido, limpiando su piscina, recogiendo todas las hojas, echándole sus pastillas de cloro. Es lo que le gusta, pues.
            ―Se nota.
            Fernando agarra la botella de cerveza y bebe un trago largo, luego le da una calada al cigarrillo. Sus ojos se encuentran con los de Belinda.
            ―¿Qué piensas? ―dice ella.
            Él se encoge de hombros, cierra los ojos y levanta la cara hacia el sol.
            ―Me gustaría tener lo que tú tienes…
            ―¿Cómo así?
            ―Me refiero a la relación que tienes con tu marido. Todo esto.
            Fernando sigue con el rostro levantado, asoleándose; Belinda suelta un suspiro.
            ―No es fácil ―dice ella―. No ha sido fácil. Es un compromiso. Pero no cambio a mi esposito por nada del mundo. Está viejo y… Bueno, sé que nadie me va a querer como él. Allí no hay discusión.
            ―Sí. Debe ser maravilloso alcanzar ese nivel de empatía y comunicación. Por eso digo: me encantaría tener una relación así.
            Fernando abre los ojos y da otra calada al cigarrillo; Belinda suelta otro suspiro.
            ―Nada es perfecto, ¿sabes? ―dice ella―. A veces a una le provoca echarse una escapadita y, bueno, tú sabes; pero sé que independientemente de eso, ningún hombre me va a querer como Chucho. Lo que pasa es que el cuerpo tiene sus necesidades.
            Fernando alza las cejas y echa parte de la ceniza del cigarrillo en el coco.
            ―¿Y lo has hecho? ―dice él.
            Belinda exhibe una sonrisa amplia, generosa, y aparta la mirada para fijarse en lo que hace su marido. Chucho sigue entretenido con las hojas secas, recogiéndolas con calma y movimientos lentos y sistemáticos. Belinda da una calada al cigarrillo y bebe un sorbo de cerveza. Sus ojos quedan fijos sobre Fernando.
            ―Perdón ―dice él―. Es una pregunta tonta, discul…
            ―Sí. Lo he hecho.
            Fernando alza las cejas de nuevo. El humo del cigarrillo asciende en el silencio.
            ―No me mires así ―dice ella―. Chucho lo sabe, yo se lo dije. Fue el orgasmo más placentero que he tenido en mi vida.
            La sonrisa de Belinda se ensancha. Bebe otro trago de cerveza y se acerca todavía más a su amigo. Quedan muy juntos, hombro con hombro; ella sonríe.
            ―Fue en un viaje a Buenos Aires, hace años. Me encontré con este tipo que había sido mi novio. ¿Te imaginas las casualidades? Bueno, la vaina es que nos encontramos allá y estuvimos viéndonos mientras yo terminaba las asesorías con una empresa argentina con la que estaba trabajando. El punto es que hubo un corrientazo entre nosotros y no supe qué hacer. Pero lo hice. Me acosté con él. Además, los dos queríamos hacerlo. Somos adultos.
            ―¿Y Chucho lo supo?
            Fernando se aparta para hundir la colilla del cigarrillo en el fondo ennegrecido del coco. Bebe un trago de cerveza sin apartar los ojos de Belinda. Ella sigue sonriendo, expansiva. Dice que tuvo que hacerlo, todo, decírselo a su marido, acostarse con su antiguo novio. Repite que tuvo que hacerlo, sin dejar de sonreír.
            ―¿Y a Chucho no le importó?
            ―¡Claro! ¿Estás loco? Ése armó un peo inmenso, pero tuvo que tragarse la arrechera que sentía. No podía hacer nada. Pensó que lo iba a dejar.
            ―Tu marido te ama.
            ―Por supuesto ―dice ella y aplasta la colilla del cigarrillo―. Yo lo sé. Por eso estoy con él. Solamente mi esposito se aguanta esas vainas, pero es porque me ama. Lo sé.
            ―De pana que sí.
            ―Ya te lo dije: es un compromiso, pero no es fácil. No, no es fácil.
            Fernando aparta la mirada para fijarse en el hombre que recoge hojas en la parte más profunda de la piscina. Chucho voltea y se miran durante un par de segundos. Chucho sonríe y sigue sacando las hojas ennegrecidas del agua transparente. Fernando vuelve su atención hacia Belinda. Ella asiente con la cabeza, los ojos entornados.
            ―Mi marido me complace en muchas cosas, y me tiene paciencia. Me conoce. Sabe lo que me gusta y lo que quiero, y trata de satisfacerme como puede. Es un compromiso.
            ―Nunca he tenido una relación así ―dice él.
            ―¿Nunca has tenido un fetiche? ¿Un deseo reprimido por alguien?
            Fernando frunce el ceño. Sus pupilas pasean por la superficie líquida que lo rodea.
            ―No sé.
            ―Claro que sí ―dice ella―. Seguro que alguna vez te provocó hacer algo y no lo hiciste porque te dio pena. La vida es una sola, amorcito. Fíjate: cuando estaba estudiando en la universidad tenía un profesor que me volvía loca; me fascinaba cómo se vestía, su forma de hablar, de explicarnos, sus manos, sus ojos, ¡todo!; pero era gay el muy coño de su madre.
            Fernando alza las cejas y sonríe. Ella se acerca de nuevo, habla en un tono bajo, casi conspirativo, íntimo. La luz del sol muerde la superficie ondulante del agua.
            ―Me volvía loca, te lo juro; pero era marico, pues.
            Fernando deja de sonreír.
            ―¿No hay otra palabra? ―dice.
            ―Está bien, disculpa. El carajo era gay y, por supuesto, no me paraba ni media bola aunque yo hiciera lo que hiciera. Y él lo sabía, que era lo peor. Porque esa vaina se siente, eso se sabe. Pero nunca me paró bolas. Tú no sabes cómo quería yo tener algo con ese tipo.
            ―Un fetiche… ―dice Fernando.
            ―¡Exacto! Me quedé con las ganas.
            Belinda bebe lo que queda de su cerveza y sonríe. Fernando la mira sin verla.
            ―Es como si tú quisieras acostarte con una mujer que te guste y no puedas hacerlo.
            ―Nunca me ha pasado.
            ―Ay, chico ―ríe ella―, ¿nunca tuviste una noviecita en el liceo? ¿En la escuela?
            ―Sí, pero nada significativo… No.
            Belinda aprieta los labios y gruñe. Frunce el ceño y continúa:
            ―Sí eres reprimido, marico. Aflójate. Libérate. Vive.
            ―Yo lo hago ―dice Fernando apartando la mirada y concentrándose en la cerveza.
            ―No, marico triste, no lo haces. Vives encerrado en tu casa, sin pareja, sin salir con nadie, sin atreverte a nada. ¡Coño!, vive un poquito, nojoda. ―Belinda chasquea la lengua―. Déjame buscar otra cerveza. ¿Ahora sí quieres una?
            Fernando asiente. Ella sale con los mismos movimientos ágiles de antes. Regresa en poco tiempo con dos botellas en la mano derecha.
            ―Toma ―dice―. Al menos, emborráchate.
            Fernando muestra una sonrisa triste.
            ―Deberías arriesgarte más ―insiste ella―. Fíjate: desde que mi esposito está más abierto, más receptivo, nos llevamos mejor. El truco es alcanzar un punto medio, un punto donde los dos ganemos. Todavía lo hacemos, una vez al mes, más o menos; pero, coño, tú sabes que el cuerpo se calienta, y pide. ¿Cómo hacemos, ah? ¿Cómo hacemos? Entonces hay que buscar soluciones. Chucho lo sabe.
            Fernando saca la mano del agua y la sacude en el aire. Busca otro cigarrillo y lo enciende con calma, sin apuro, sin voltear a ver a su amiga o a su esposo. Respira profundo.
            ―Los caprichos ―dice Belinda― hay que satisfacerlos, mi amorcito. Si no te vas a arrugar como una pasa. Sanamente. Sin joder a nadie. Con las cartas boca arriba. ¿Tú crees que yo me enamoro de esos hombres con los que salgo de vez en cuando? ¡Jamás! ¿Por qué? Porque tú y yo sabemos que ninguno de ellos me va a dar lo que mi esposito me da. Pero eso no significa que no lo disfrute; que viva el momento, pues. Y tú deberías hacerlo también, Fer. La vida es una sola…
            Fernando busca a Chucho con la mirada. El hombre mayor recoge ya las últimas hojas secas y las tira sobre la grama. El sol de la tarde arranca reflejos fosforescentes de la parte profunda de la piscina. Chucho voltea a verlos y sonríe, sin dejar de agarrar las hojas. La cerveza en la mano de Fernando ya no está tan fría. La de Belinda va por la mitad.
            ―Tu marido es un santo ―dice Fernando.
            ―No. Mi marido es comprensivo, que es muy diferente. E inteligente.
            ―Sí. Todo es un equilibrio. Creo.
            Belinda se acerca a Fernando sin despegar la espalda de las baldosas. Quedan hombro con hombro. Ella sonríe. Baja la voz. La mano libre baila frente a la cara del otro.
            ―Tienes que arriesgarte, mi amorcito. La vida es una sola. Créeme.
            Fernando sonríe antes de apartar la vista de su amiga.
            ―Yo vengo de regreso ―dice.
            ―No me jodas. Ni que tuvieras un pie en la tumba. ¿Ves? A eso me refiero: actúas como si ya lo hubieses hecho todo, como si ya hubieses vivido y no quedara nada por hacer. Me arrecha cuando te pones así, coño.
            Fernando sonríe de nuevo y enfrenta a Belinda, todavía cerca de él.
            ―¡Pero es la verdad! ¿Tú tienes idea de todas las vainas que he hecho? Se te olvida que alguna vez fui adolescente.
            ―Coño, pero no te has muerto todavía. Mira a mi esposito ―los dos giran la cara hacia la parte profunda de la piscina―: ¿tú crees que con la edad que tiene todavía quiere inventar en la cama? ¡Y lo logra! Lo que pasa es que como todo carro viejo, no se le puede exigir mucho, porque se ahoga; pero lo intenta. Puede ser que tenga deficiencias físicas, pero te lo juro: la mente le funciona como si fuera un carajito de quince años.
            ―¿Cuántos años tiene Chucho? ―dice Fernando.
            ―Sesenta y cinco. Mi marido me lleva veintitrés años.
            ―Supongo que compensa la diferencia de edad con otras cosas: comunicación, lealtad, apoyo, compañía…
            ―Bueno, hay que ser honesto, Fer; ¿tú tienes idea de lo arrecho que sería comenzar una relación de nuevo, a mi edad? No, chamo; es mucho trabajo. Yo estoy tranquila con Chucho. Y lo que hago de vez en cuando. Discretamente. Y porque mi marido me apoya.
            ―Quisiera ser como tú. Reconozco que soy muy cohibido.
            Belinda se acerca de nuevo, pega su hombro con el de Fernando. Chucho recoge las últimas hojas muertas que bailan en el fondo de la piscina. La tarde declina en silencio.
            ―Tú lo que tienes que hacer ―dice ella― es tirarte una aventura. Hacer algo que nunca hayas hecho. ¿No te provoca? ¿A qué le tienes miedo?
            ―¿Con otro hombre?
            Belinda chasquea la lengua.
            ―O con una mujer, coño. Hay que probar de todo.
            Los ojos de Belinda quedan fijos sobre Fernando. Él aparta la vista y sus pupilas caen al fondo, como dos bolas de plomo sobre las baldosas azules. Se quedan allí durante varios segundos.
            ―¿No te provoca? ¿No te arriesgarías?
            ―No lo sé.
            ―Una vez le dije a Chucho que me gustaría encontrarme de nuevo con aquel tipo que te dije, mi profesor de la universidad, y hacer algo juntos.
            ―¿Tú con él?
            ―Y con mi marido. Dije: juntos.
            Fernando busca la mirada de su amiga. Ella da un largo trago a la cerveza y entorna los párpados para mirar a su esposo, todavía al otro lado de la piscina.
            ―¿Los tres juntos? ¿Un trío?
            Belinda devuelve sus ojos a la botella y a Fernando, junto a ella.
            ―Ay, no pongas esa cara, marico. ¿Nunca lo has hecho?
            Él sonríe. Es una sonrisa íntima.
            ―Una vez, casi. Pero no pudimos.
            ―No sabes lo que te pierdes.
            Ambos giran la cabeza hacia donde está Chucho, al mismo tiempo, como si hubiesen estado de acuerdo. El hombre mueve los brazos con ritmo lento, y se acerca con cuidado, media cabeza fuera del agua, la mirada fija sobre ellos. La superficie líquida en movimiento. Belinda sonríe.
            ―Deberías hacerlo ―dice ella.
            Fernando la observa mientras empina la botella y bebe lo que queda de su cerveza.
            ―¿Quieres un cigarrillo? ―dice ella.
            Fernando niega con la cabeza.
―¿Quieres acostarte con nosotros?
            Él voltea a verla, hombro con hombro, las cejas alzadas en una pregunta muda.
            ―¿Qué? ―dice ella―. ¿No te atreves?
            Fernando se anima a sonreír.
            ―Tú me estás jodiendo, ¿verdad?
            Ella sonríe con mayor amplitud que él.
            ―No ―dice―. Todavía no te estoy jodiendo.
            ―Belinda…
            ―¿Qué? Quita esa cara, marico. ¿No te gustaría? ¿Ah?
            Fernando voltea a mirar a Chucho, más cerca de ellos que antes, los ojos bailando con una sonrisa acuática, media cabeza fuera del agua, movimientos lentos y seguros.
            ―Tú estás loca ―dice Fernando―. ¿Cómo se te ocurrió eso?
            ―¿Y quién dijo que se me ocurrió a mí?

            Fernando aparta la mirada y sus ojos tropiezan con los de Chucho, toda la cara fuera del agua, la sonrisa ensanchándose en las comisuras, ya casi encima de ellos. 

Texto leído durante la semana de Caracas Transmedia.

17 de octubre de 2013

"The boy with the butterfly tattoo".

            El hombre golpea el volante con la mano cuando debe intentarlo por tercera vez. Utiliza los dos retrovisores para calcular el espacio que le queda entre la camioneta a su derecha y el enorme pilar de concreto a su izquierda. La cabeza se convierte en un ventilador conforme el carro retrocede con lentitud. Por último, antes de decidir que se ha estacionado bien, arroja una mirada fría sobre la mancha oscura que cubre la ventana del lado derecho. Murmura palabras ininteligibles mientras recoge un par de carpetas y la corbata del asiento del copiloto. Cuando se baja, maniobrando con las carpetas, la corbata y las llaves, vuelve a mirar la camioneta marrón a su lado; observa la diferencia de tamaño entre la Tahoe del viejo Velutini y su Corolla del 93. Maldito viejo con suerte, murmura. Chasquea la lengua y camina hasta la puerta del ascensor que lleva a los pisos con números pares. Allí se queda durante casi dos minutos, quizás tres. Pasea la vista por el estrecho estacionamiento, cuenta los pilares de concreto, se detiene en el charco de agua oscura que rodea la boca del tanque subterráneo. Y el ascensor de mierda que no baja.
Escupe el aire con desdén y piensa que no le queda otra que subir hasta la planta baja del edificio. Mueve el manojo de llaves para comprobar que no puede abrir la reja que impide la entrada al ascensor de los pisos impares. Ni modo. Dos tramos de escaleras. Lo que falta es que el puto ascensor llegue cuando él vaya a mitad de camino. Bue… ya qué carajo. Las escaleras hacia la planta baja están detrás del hueco de los ascensores. Allí no sobran los bombillos, sobre todo los bichos esos fluorescentes que alumbran tan poco. Alicia insiste en usarlos. Debe ser que tiene un novio cubano. Bombillos ahorradores. Qué bolas. Tiene que recordar decirle a María Eugenia que no se deje joder con Alicia, que le diga que ellos usan de los otros bombillos… Ya va. ¿Qué vaina es ésa? ¡Coño de su madre! No, vale, hoy no.
Más allá, en los escalones que suben hacia la puerta cerrada de la planta baja, dos sombras superpuestas que se agazapan, dos figuras masculinas que se mueven con agilidad. El hombre sabe que será asaltado, que salió su número y que el juego de la ruleta delincuencial no perdona a nadie. Los pensamientos vuelan calculando el despojo: verga, la cédula, el carnet de circulación, los doscientos bolívares que sacó del cajero para el trabajo de Vanessa, los papeles de la oficina, ¡coño, las llaves del apartamento! Todo es vertiginoso, precipitado, atropellado, casi tan rápido como la visión de la carne desnuda, el resoplido mal contenido, los trazos rojinegros que bajan por una espalda y las alas azules que revolotean en la otra; después una pausa, la tensión de los músculos que se ablanda, las imágenes que se digieren sin agua y se atascan en la garganta, los colores manchando las pieles apretadas. Y entonces el amago de susto y frustración se transforma en arrechera y asombro, en vergüenza ajena y ganas inmediatas de armar un peo mayúsculo. Ya ni siquiera hay cansancio, huyó con los cuerpos sudados.
            El hombre alcanza la puerta que da a la planta baja con dos zancadas torpes, pero no consigue ver nada que no sea el vestíbulo solitario y en penumbras. El silencio que hace eco bajo su respiración agitada se riega por las paredes de granito. Piensa en el muchacho del 2B, el greñúo que no tiene trabajo y anda vestido de negro todo el tiempo. Maleante, drogadicto, sin oficio y encima maricón. ¡Qué bolas! Las vainas que tiene que calarse uno. Se queda inmóvil junto a la puerta entreabierta, pero no se escucha nada. Seguro que se fugaron por las escaleras del primer piso. Esa vaina hay que hablarla con Alicia; ella se encargará de discutirlo con ellos. Disculpe, señor no-sé-quién, pero su hijo estaba en la escalera del estacionamiento, y hubo quejas de otros propietarios (la vaina tiene que ser en plural para que funcione) porque lo vieron en actitudes poco decorosas (¿poco decorosas?, ¿serán palabras de Alicia?) con otro muchacho. Usted sabe, hay que respetar, eso no se puede permitir aquí…
            Conforme arma el diálogo en su cabeza, el hombre llega hasta las puertas dobles que dan hacia los ascensores. Mira los números oscuros que adornan el tope superior. Nada. Debe estar dañado. Oprime el botón varias veces, por si acaso. Se fija en los escalones que dan al primer piso y sigue sin escuchar nada, ni siquiera el ronroneo del maldito ascensor. Maricos de mierda. Coño, pana, cómo se les ocurre meterse en el hueco de las escaleras, ¿ah? Y era el malandro del 2B, segurísimo; esos tatuajes rojos los reconocería desde lejos. Una vaina rara, como una araña grandota, con las patas que le bajaban por los antebrazos. No les vio la cara, pero está seguro de que esa verga era una araña, nojoda. Además, ¿quién se va a poner a tirar en las escaleras? Deben estar hasta el culo. Nojoda, y hasta el culo se los vi, encima. La araña roja grandota y el otro mariquito con una mancha azul, grande también, justo encima de las nalgas; una mariposa o algo así. Tenía que ser, claro. Solamente un marico se tatuaría una mariposa azul en el culo.


            Al fin, con una sacudida de las puertas, el ascensor se abre creando un desnivel en el piso. Por lo menos. Subir seis pisos no estaba entre sus planes después de semejante espectáculo de mariconería y arrechera. De vaina le da un infarto. ¿Y si hubiesen sido unos ladrones? Verga, ahí sí es verdad que la cagamos. Bueno, cagado iba a quedar el viejo del 2B cuando Alicia le dijera lo del muchacho. Su hijo es marico, tira en las escaleras y los propietarios se están quejando. Qué vergüenza, pana. Juliancito y Vanessa podían tener sus vainas, pero al menos no andaban en esos peos. El hombre mira los números internos del ascensor y se queda allí guindado. 2… 4… María Eugenia armando un rollo porque a Vanessa la viven llamando por teléfono, puros muchachos, ¿y cuál es el problema? Coño, preocúpate si la llaman mujeres a cada momento. No, su hija era diferente. Ella sabía cómo es la vaina, él le dijo a María Eugenia que se lo explicara, que en la casa no querían barrigas inesperadas. Y Juliancito, bueno… Ahora con una vaina de no querer cortarse el pelo, con una guitarra y llegando tarde. Una vaina de una banda. La última vez llegó hediondo a ron. Y ron barato, nojoda. Al fin… piso 6.
            Antes de meter la llave en la cerradura, el hombre anota mentalmente que debe comprar la pintura sintética para darle unos toques a la reja. María Eugenia ya está ladilla con eso y no se la quiere calar otra semana más. Una cantaleta diaria. La pintura de la reja, Julián; la pintura de la reja, Julián. Como si no hubiera vainas más importantes. Que le vaya a preguntar al viejo del 2B si mañana le interesará la pintura de su reja después de que sepa lo que hace la lumbrera de su hijo en las escaleras del estacionamiento. Qué bolas, pana. Menos mal que se acordó de echarle aceite a la puerta, porque sino quién se cala el peo también con eso… Nada más espero que no me haya recalentado la pasta de ayer. No es que uno sea rico, pero, coño, hay que variar de vez en cuando el menú…
            ―Ajá, qué bueno que llegaste.
            ―¿Qué pasa, Eu? ¿Cuál es el peo ahora? Coño, tú no me dejas ni llegar, chica.
            ―Mira, Julián, busca maneras de hablar con tu hijo. Ya yo no doy más.
            ―Coño, vieja ―dice el hombre conforme suelta la carpeta y la corbata encima de la mesa del comedor―, te dije que hay que ser inteligente. Juliancito está en esa etapa, vale. Tú sabes. Además, ¿qué prefieres?, ¿que ande realengo en la calle? Déjalo quieto y dale la vuelta… Agradece, nojoda, que no nos salió como el hijo del vecino, el del 2B, que me dio pingo de susto ahorita en la escalera…

            ―Bueno, vale, yo no sé si está en una etapa o qué coño, pero hay que hacer algo. Yo no me la calo más. Habla con él. Tú eres el hombre. Mira que encima, como está en una “etapa” ―la mujer alzó los dedos para hacer las orejitas de conejo―, hoy le dio por hacerse un bendito tatuaje azul en la espalda. Tú verás qué haces, Julián… 

18 de diciembre de 2012

¿Vamos a seguir comprando pan?


Supongamos por un momento que usted va a una panadería a comprar pan. Es una actividad sencilla, sin complicaciones, donde se conoce bien lo que hay que hacer. Entonces la persona que lo atiende, luego de pedir su orden, le responde con un garrotazo; lógicamente usted pide hablar con el dueño, con la persona encargada de dirigir la panadería, y este señor viene y sin más le propina otro garrotazo. Lo más probable es que usted se sienta desorientado, incapaz de asimilar lo sucedido, y decide que no comprará más pan en ese sitio. Mucho después, le convencen para que regrese al mismo lugar y vuelva a comprar pan, pero al intentar hacer lo mismo que antes hizo, le asestan otro garrotazo (Manuel Rosales) y las escenas se repiten.

No obstante lo sucedido, a pesar del dolor residual de los primeros golpes, desoyendo la voz del sentido común, usted, como es una persona honesta y confiada, al ver la insistencia de sus amigos en decir que las condiciones están mejoradas en la susodicha panadería, accede a hacer sus compras en el mismo establecimiento, aunque una vocecita interior le advierte que se mantenga alerta; pero como ve la cantidad de gente que también se cree la promesa del cambio en la atención, lo más fácil es seguir la corriente y prepararse para hacer su pedido. ¿Cuál es la sorpresa? Ninguna. Usted vuelve a recibir otro leñazo (Henrique Capriles), más contundente, si se quiere, y entonces (una reacción natural) decide botar tierrita y decidir que no comprará más pan en esa panadería. Bastante sencillo, ¿no?

Estoy seguro de que existen analogías mejores, análisis más sesudos sobre lo que pasó en las últimas elecciones venezolanas, pero a mí no me gusta complicarme la vida. Intento mirar más allá de los números y las explicaciones académicas; puede ser un punto de vista simplista, no lo niego, pero creo que no tenemos porqué enredar lo que no está enredado. Piense, piense un poco y pregúntese: ¿a cuántas elecciones hemos asistido?, ¿dónde están las garantías blindadas?, ¿quién se encarga de defender hasta el último voto frente al dueño de la panadería? Muchos critican que numerosas gobernaciones se perdieron debido a la abstención, y, ojo, no lo justifico, pero sí lo entiendo. ¿Qué esperaban? ¿Creyeron que después de la zaparrapanda de garrotazos recibidos en octubre, la gente saliera sonriente a votar ahora? Existe algo que se llama ratón moral, y muchos (muchísimos) lo sentimos al saber el resultado de las elecciones presidenciales y la tibieza con que la oposición asumió su derrota.

Desde mi trinchera, el asunto sigue siendo sencillo. No se trata de supurar por la herida, no se trata de no querer ver la realidad, no se trata de edulcorar el amargo trago de una derrota, no; reconozco que no soy político, ni pretendo hacer análisis políticos sobre lo que sigue sucediendo, pero, carajo, uno lee los periódicos, oye las declaraciones, piensa en lo que pasa, y medianamente trata de mirar más allá del humo que queda después de cada y-que-sufragio. ¿Ustedes no sienten que a pesar del tiempo transcurrido, de las elecciones superadas, seguimos estancados en el mismo fango? ¿Ustedes creen que la gente es tonta? Yo entiendo que prefieran el facilismo con el que los tienta el Gobierno, pero la gente no es tonta. Esa cantidad de muertos que se acumulan cada semana, ¿ustedes creen que son oligarcas y burgueses que se echan plomo porque están aburridos de contar su dinero? No me jodan.

Muchos creemos que la Oposición sigue confiada en que se enfrenta a un adversario que respeta las reglas. Muchos creemos que la pasividad opositora (ese corrido rumor de que se reconoce una rápida derrota para evitar derramamientos de sangre, como si no corriera ya campantemente) es permisiva. Muchos creemos que el árbitro no es imparcial, pero nadie hace algo sensato para remediarlo. Es más: si reconocemos que el susodicho árbitro no es imparcial, ¿para qué seguimos yendo a la misma panadería una y otra vez? Hay decisiones incomprensibles para mí. Tal vez cualquiera de ustedes me diga que continuamos votando porque no existe otra opción, porque hay que seguir las reglas del juego, porque hay que ser democrático. Y estoy de acuerdo, claro, pero eso funciona si el dueño de la panadería también cree que debemos atenernos a las reglas democráticas, ¿no?

El punto es que estoy molesto. Me siento decepcionado, burlado, utilizado, con mis derechos pisoteados, porque la dirigencia opositora pareciera que prefiriese seguir jugando, manteniendo un fulano equilibrio que no existe, apareciendo cada vez más como una entelequia que sólo ofrece promesas y planes futuros, pero nada hace para remediar este farragoso presente. Yo no digo que aplauda una solución no democrática, un golpe militar o una vaina de esas, porque pienso que no somos animales en plena jungla; pero sí creo que hemos sido demasiado permisibles con la conducta del otro, del que adversamos políticamente, y que seguir poniendo las mejillas es una decisión ilógica si quien nos pide que la pongamos no hace nada para garantizar que no nos salgan con otro garrotazo. Bajo esa luz, entiendo (ojo, lo entiendo, pero no lo comparto) la idea de evadir una responsabilidad porque unos y otros ya sabemos lo que va a pasar. Y si lo sabemos, ¿para qué perder el tiempo en asistir a un remedo que nada soluciona?

¿Usted no oyó las justificaciones? Frases como: ¿para qué votar si ellos igual van a ganar?, ¿para qué hacer una cola si ya los resultados están maquillados? Es decir: ¿para qué ir a comprar pan si ya tengo varios chichones? La verdad, créanme que entiendo bien y por eso no critico ferozmente a los que decidieron no asistir a las elecciones del pasado domingo. Quizás mañana alguien me lo explique bajo otro punto de vista y lo entienda mejor; quizás mañana descubra cuán equivocado estoy ahora; quizás pasado mañana logre ver más allá de la rabia y la incomprensión; quizás el mes que viene (si sobrevivimos al cataclismo del 21) la luz se haga y diga “Bueno, si hubiese sabido esto antes…”; pero justo en este momento me siento muy, muy decepcionado, y no logro asimilar tanta flaccidez opositora.

Entonces lo que queda es lamerse las heridas y lamentarse de que seamos un país tan hermoso, tan cálido, tan amable, pero al mismo tiempo tan cortoplacista, tan vivo-pendejo, tan conformista, tan reacio a trabajar duro y devolverle el garrotazo al dueño de la panadería pero con planes inteligentes y adecuados a la realidad mugrienta de la panadería. A este paso, creo que será muy difícil que vayamos a comprar más pan cuando nos inviten de nuevo. 

24 de noviembre de 2012

Incoherencias y desahogos.


Acabo de inyectar a mi madre. Ella se queja un poco y asume una postura fetal en la cama. En mi mente chillan todavía los fragmentos que he leído sobre la violación en la cárcel de María Lourdes Afiuni. Pienso que el segundo nombre de mi madre también es Lourdes. Pienso que estoy frente a una mujer disminuida, enferma, adolorida. Pienso que la piel de su cuerpo es muy blanca, muy suave, muy débil. Los escritores tenemos una mente muy febril, nos inventamos imágenes que no están allí con bastante facilidad. Entonces pienso que mi madre pudo apellidarse Afiuni, estar encarcelada, sufrir la tortura y la vejación que esa mujer padeció. Se me hace un nudo en la garganta y aparto la cara, aprieto la inyectadora con fuerza y lo primero que me provoca es clavársela en la frente al primero que venga a decirme que maximizo la situación, que la saco de proporción. Sé que es un pensamiento negativo, mala vibra, y dura poco, pero no puedo evitarlo.

¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué nos sigue pasando? ¿Dónde están las excusas, las justificaciones? Luego pensé en algo más. ¿Quién está al frente de la Defensoría del Pueblo? Una mujer. ¿Quién dirige la Fiscalía General? Otra mujer. ¿Y el Tribunal Supremo de Justicia? ¡Otra mujer! Sin mencionar el Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género. En fin, ¿cuántas mujeres hay ocupando altos cargos en este infeliz Gobierno? ¿Y ellas qué dicen, qué hacen? ¿Cuál es la respuesta ante esta situación? Prefiero pensar en otra cosa, antes de reventar la inyectadora que todavía sostengo.

Pienso, mientras camino de regreso a la cocina, que estamos anestesiados, que parecemos zombies en una mala película de horror, que seguimos prefiriendo mirar hacia otro lado porque no nos afecta directamente; pero la idea de que pudo tratarse de mi madre es intensa, me descompone, tiemblo un poco ante la mezcla de indignación y arrechera, sí, arrechera, porque no hay otra palabra que defina mejor mi estado de ánimo. Si hubiese sido mi madre, allí, tan enferma como la jueza, ¿qué le diría?, ¿qué frases trilladas usaría conforme acaricio el poco cabello que le está naciendo otra vez?, ¿le digo que todo esto pasará, que lo olvidará algún día?, ¿miento y sugiero acudir a una terapia, a un especialista que la ayude a cubrir la herida tan profunda con una curita? Pienso en el desequilibrio que la atormentó después del asalto que sufrimos en la casa, mientras uno de los malandros acariciaba sus senos con el cañón del revólver, y toda esa arrechera se confabula con la arrechera que siento ahora, se maximiza, se expande, y lo único que se me ocurre es venir y escribir sobre lo que tengo entre pecho y espalda, porque de otra forma me pararía en el balcón a pegar gritos para desahogar mi arrechera (sí, lo vuelvo a decir, sigo arrecho).

¿Qué nos pasó? ¿Dónde está la fractura? ¿Dónde se hizo el quiebre y no nos dimos cuenta? ¿Por qué la apatía, el desasosiego sordo que optamos por ignorar? ¿Todo esto pasa porque él o ella (las víctimas) no somos nosotros mismos, porque no nos chispea de inmediato? ¿Y qué vamos a esperar, que el tren nos lleve por delante? ¿Por qué el maldito silencio, por qué la maldita apatía, coño? Y espero que mis amistades chavistas, las pocas que me quedan, tengan la vergüenza de mantenerse ajenos a mi frustración, que no me vengan con excusas fallidas, porque no tienen peso. ¿Qué dice Iris Varela? ¿Qué piensa Iris Varela? Seguro piensa que se lo tiene bien merecido, sin acordarse de que ella también es madre, que su hija podría pasar por algo tan lamentable. ¿Y la mamá de María Lourdes? ¿Y su hija? ¿Ella sentirá la misma arrechera que me nubla a mí ahora? No, creo que la subestimo; si yo fuera la hija de María Lourdes… no, mejor ni pensarlo.

Tengo miedo que lo que sufrió la jueza en su encarcelamiento pase a formar parte de nuestro folklore nacional, de esas historias o anécdotas que compartimos mientras esperamos a que nos entreguen el pan que compramos o que la cola para pagar la luz y el agua siga avanzando. ¿Y Brito? ¿Alguien se acuerda de Brito? Temo que le echemos tierrita al asunto, para no alterar la precaria situación en la que vivimos y sigamos como si nada hubiese pasado, como hicimos con Brito. Pero mientras sigamos ignorando a los Brito y a las Afiuni de este país, mientras sigamos mirando hacia otra parte, mientras escojamos cruzarnos de brazos y no meternos en cuestiones ajenas, seguiremos inmersos en este hoyo negro que llamamos país y patria. Yo no sé ustedes, pero mi arrechera es inmensa, es mayúscula, estoy lleno de indignación e impotencia. Escribo incoherencias, también lo sé; pero escribir es mi única fuente de desahogo actual, así que perdónenme la descarga.

Y sí, sigo arrecho.

14 de octubre de 2012

Cruzar la calle.

―Pero antes tenemos que pasar por el cajero ―dijo Mary O.
―Ay, mana ―dijo la Gorda―, ¿para qué? Nosotros te invitamos.
―No, vale, es que quiero sacar plata para no irme limpia. Recuerda que en lo que me encierre en la finca no salgo más.
―Verdad ―dijo la Gorda.
―Vamos al banco de Venezuela, por fa.

Suelo decir que San Juan de los Morros tiene dos calles, una frase jocosa para explicar que se trata de una localidad encabalgada entre dos términos: es un pueblo grande y una ciudad pequeña, que sigue adelante porque sí, porque es capital de estado y porque la mayoría de sus habitantes vive de trabajar para el gobierno central. Esa noche quisimos agasajar a Mary O. debido a su cumpleaños. La idea era probar un restaurante de comida árabe que inauguraron recientemente; pero poco antes de llegar a la esquina del banco de Venezuela, en una intersección, se agudizó el bullicio de algunos motorizados. De pronto aparecieron entre el tráfico del final de la tarde, como un enjambre de moscas que se desplaza con velocidad entre pitidos y cornetas estridentes. El flujo de vehículos se detuvo, dejando que aquél enjambre pasara ronroneando, gritando, un ejército gozoso que celebraba el triunfo de su candidato presidencial. Iban vestidos de rojo, llevaban banderas rojas y lo único que faltaba, pensé, era que las motos también lucieran el mismo color.

―A la verga, ¿qué es eso? ―dijo la cumpleañera.
―Los malvados chavistas ―dijo la Gorda desde el asiento de atrás―, celebrando no sé qué coño, será la falta de viviendas, la delincuencia, la estupidez de un sistema que premia la ineficacia. Míralos: poseídos, hasta borrachos deben estar. Chavistas del coño…

Miré todo con las manos sobre el volante, como si las imágenes se produjeran en cámara lenta. Los motorizados aumentaban su número exponencialmente, aparecían aquí y allá, detrás de un autobús, por un costado de la camioneta, alterando lo que de otra forma hubiese sido un crepúsculo anodino en el pueblo. Y al final el enjambre se puso en marcha, formando una caravana rojiza que vociferaba consignas políticas por encima del rugido de sus saltamontes de metal. La sensación que flotaba en el ambiente era de puro resentimiento, de revanchismo, de triunfo mal ganado, pero no dije nada.

―Dale, pues ―dijo la Gorda―, antes de que el resto de la caravana aparezca.
―¿Y hay más? ―preguntó Mary O. con los ojos bien abiertos.
―Claro, Mary ―dijo la Gorda―, lo que estaban era armando el zafarrancho. ¿Por qué no tiraron la caravana el domingo en la noche? ¿Por qué no celebraron? Porque hasta ellos mismos saben que nos robaron los votos, chica.
―Ay, Gorda…
―¡Es así, vale! ¿Cómo es posible que después de tanto desastre, después de lo que pasó en Amuay, y el puente de Cúpira y en El Palito, ese desgraciado salga ganando? O nos hicieron trampas o es que la gente de este país es bien, pero bien bruta ―y la última palabra sonó con un filo diferente, despectivo, como un escupitajo.
―Bueno, mira: hay mucha gente que depende de las ayudas sociales, de lo que el Gobierno les da, porque nunca antes se ocuparon de ellos. Hay que considerar eso, Gorda. Tú, porque vives en tu apartamento, con tu sueldo de jubilada, chama, sin pasar trabajo, pero ¿cuántos no hay que no tienen para comprar comida sino en los abastos que Chávez les organizó? La vaina es arrecha, mi pana. Y hay que considerar todo eso.
―¡Son unos malandros!
―Bueno ―siguió Mary O. conciliando―, pero no puedes ignorar las carencias que esa gente tiene, chama. Es muy arrecho. Yo no digo que esté de acuerdo, pero… coño, es arrecho. Mira la vaina.

La esquina del banco de Venezuela quedaba a una cuadra de donde nos habíamos detenido, pero el movimiento vehicular se hizo lento debido a las motos rezagadas que aparecían zumbando como moscones molestos. Conseguí estacionarme casi frente al banco y esperé mientras mis amigas sacaban dinero del cajero automático de la sucursal. Allí me alcanzó el resto de la caravana chavista. Una larga y ruidosa marea de vehículos y motos que coreaba el nombre del Presidente y agitaba banderas rojas con fastidiosa lentitud. La calma habitual de San Juan se alteró por la desacostumbrada mezcla de sonidos y colores en la creciente oscuridad. La Gorda y Mary O. observaron el despliegue de reojo, mientras yo calculaba mentalmente las maniobras con el volante para salir de allí e incorporarme de nuevo al tráfico de la Avenida Bolívar.

―¿Y ahora? ―pregunté cuando ellas regresaron.
―Bueno, primero hay que salir de aquí ―dijo Mary O.

La Gorda se entretuvo hablando por su celular. Entre la ráfaga de palabras pude entender que discutía con Titi sobre la mejor vía para llegar al restaurant árabe. Le pedí que me indicara si venían carros o no, para poder retroceder, pero me avinagré al chocar con su indiferencia y el flujo de banderolas rojizas que me impedía salir de allí. Entre el ruido, el congestionamiento, la incertidumbre de cuál sería la mejor manera de dar un rodeo y llegar al sitio donde comeríamos, terminé de perder la paciencia. El edificio donde ahora vivimos queda justo al frente del banco de Venezuela, así que tuve que dar la vuelta a la manzana para volver al mismo sitio. El ulular de una ambulancia terminó de poner mis nervios de punta. A estas alturas quizás sería prudente confesar que no me gusta manejar con tanto embotellamiento alrededor, por eso evito ir a Caracas a menos que sea necesario. La ambulancia intentaba abrirse paso entre la discordancia de vehículos, y apenas pudo pasarme por un lado seguí mi instinto y me pegué a su puerta trasera. Había que cruzar la marea chavista que inundaba la Avenida Bolívar. Un par de policías municipales apareció no sé de dónde y se enfrentaron al caos de luces y metal y cornetas para dejar paso a la ambulancia chillona.

―¿Te vas a meter? ―preguntó Mary O. con las cejas alzadas.
―¡De bolas!

La maniobra se asemejó a lanzarse a una corriente de agua revuelta. Algunas motos hicieron caso omiso a los policías y casi me chocaron, pero pude conservar la cordura y la cercanía con la ambulancia hasta que cruzamos la avenida. En la otra orilla, todavía con las manos aferrando con fuerza el volante, pude respirar mejor al saber que estábamos a un paso de entrar al estacionamiento subterráneo del edificio. Y escapar del bullicio, de las luces altas en el retrovisor, de las motos zigzagueando entre bocinazos descontrolados, del ulular de la ambulancia, de la música estridente alabando al candidato ganador, de Mary O. en un monólogo repetitivo y la Gorda dando gritos por el celular. Lo mejor era dejar la camioneta en el estacionamiento y seguir a pie, porque el restaurante estaba a dos cuadras del edificio, por la calle de atrás.

―¿De verdad vas a caminar? ―quiso saber la cumpleañera.
―Lo prefiero ―dije―. El tráfico y la caravana y las motos me tienen al borde.

La calle lateral por la que caminamos tenía una extraña calma en comparación con el desbarajuste de la avenida principal, casi silenciosa, como si las cornetas y pitos fueran de un mundo lejano, ajeno a nuestros pasos en silencio; pero al llegar a la siguiente esquina, la calle que baja ―ya dije que San Juan tiene dos calles― estaba repleta de camiones y motos con las mismas consignas políticas triunfalistas. Las luces de los camiones nos encandilaron al principio, pero nos mantuvimos en línea recta sobre la acera, sabiendo que el restaurante no estaba lejos. De pronto, alguien, no vi de quién se trataba, gritó sobre la música y entre las banderas que se agitaban enardecidas. «¡Mira: unos majunches! ¡Majunches! ¡MAJUNCHES!», y casi pude percibir cómo el pánico se esparcía entre nosotros mientras las risas y los silbidos nos aguijoneaban con desprecio; luego, conforme los camiones se detenían debido al congestionamiento, la algarabía se intensificó.

―Hay que cruzar la calle ―dijo Mary O., ladeando la cabeza por encima del hombro, delante de mí.

En ese preciso momento, antes de responderle, sentí el golpe húmedo sobre mi brazo izquierdo, y después otro alcanzando mi mano. Los disparos líquidos salpicaron la calle y la acera sin contemplación. La Gorda fue la primera en intentar cruzar hacia la otra acera y algo en sus pasos me obligó a pensar en las imágenes que había visto en algún documental de National Geographic sobre los animales que se arriesgaban a superar la barrera de un río lleno de cocodrilos. Tuve mucho miedo, lo confieso; aunque no quise decir nada a mis amigas para no exacerbar los ánimos. La gente en los camiones siguió escupiéndonos sin importarles que ninguno levantáramos la vista. Cruzamos la calle, entre dos camiones, lo más rápido que pudimos, pero sin perder la calma aparente que nos protegía de la balacera de saliva e improperios que manchaba el pavimento.

Titi nos esperaba en la puerta del local de comida árabe, ajena a lo sucedido. Mary O. entró sin saludarla, con la Gorda pegada a sus talones y yo limpiando mi brazo con un pañuelo que llevaba en el bolso. La cara de Titi era un enorme signo de interrogación, pero ninguno quiso hablar de lo sucedido mientras buscábamos una mesa libre. Dentro del restaurante, la algarabía de la concentración oficialista se escuchaba menos. Ya en la mesa, junto a una muchacha sosteniendo un bloc de notas diminuto, se rompió el desequilibrio.

―No quiero comer ―dijo Mary O.
―Yo tampoco ―dijo la Gorda.
―¿Por qué? ¿Qué pasó? ―quiso saber Titi.
―Deja que revisemos la carta ―dije a la empleada― y luego ordenamos, ¿sí?

Ella se alejó con la mirada cansada. Titi repitió sus preguntas y le expliqué que la gente de la caravana nos había insultado y escupido al cruzar la calle. Titi se limitó a alzar las cejas, sin decir nada, alternando la mirada de uno en uno, esperando.

―¡Malditos chavistas, chica! ―dijo la Gorda, con la piel alrededor de los ojos tensa, prensada sobre los huesos―. Por eso es que este país no surge, ¿cómo, pues?, con esos mamagüevos en el poder, celebrando las miserias y las migajas que reciben. ¡Qué arrechera tan grande tengo, nojoda!
―Ya, gordita, ya ―dijo Mary O.―. Olvídate de eso. Agradece al menos que no se pusieran brutos. Pudo ser peor. Seguro estaban bebiendo…
―¡Esa no es excusa, Mary!
―Bueno, chama, yo sé; ¿qué quieres que te diga?
―Sé que es una locura ―dije―, pero todo esto me hizo pensar en los judíos.

Mis amigas me observaron con descrédito. Es un poco incómodo que después de tantos años, todavía no se acostumbren a mis peculiares conexiones mentales, donde una fotografía, un olor, una palabra cualquiera, puede activar mi imaginación y llevarme por caminos intangibles e inciertos.

―¿Judíos? ―dijo Titi.
―Sí. Mientras cruzábamos la calle me acordé de los documentales que he visto en el History Channel, sobre la Alemania nazi. Ya va, ya va ―dije cuando iban a interrumpirme―, no digo que sea lo mismo, claro que no; pero imaginé que así debieron sentirse ellos con los nazis humillándolos y empujándolos en las calles de Berlín, al principio. Qué feo debe haber sido.
―Es arrecho ―dijo Mary O. ―, pero una vaina no tiene nada que ver con la otra.
―Yo sé. Pero me impresionó mucho percibir la contundencia del desprecio, del odio mal disimulado, como si la negatividad fuera la consigna.
―¡Claro! ―dijo la Gorda―. ¿Tú no lo has oído cuando lanza sus cadenas? Ese marico lo que destila es puro veneno, puro resentimiento, y esa vaina se contagia; el mal que le han hecho a este país es muy grande, nojoda. Malditos chavistas.

La empleada del restaurante se acercó.

―¿Ya van a ordenar?
―No sé. No tengo hambre ―dijo Mary O.
―Yo quiero un jugo ―dijo la Gorda.
―Pensé que íbamos a comer ―terció Titi.
―Yo también quiero un jugo ―dije―. ¿Tienen de naranja?
―O mejor un Nestea ―dijo la Gorda.
―Se me quitó el hambre, chama ―suspiró Mary O.
―Un Nestea y un jugo de naranja. ¿Titi?
―¿Y no vamos a comer, pues?
―Un Nestea y un jugo de naranja ―repetí―. Gracias.

La muchacha se alejó de nuevo con sus párpados cansados.

13 de mayo de 2012

A propósito del día de las madres...


Todos nos hemos enamorado alguna vez. Quien diga que nunca se ha sentido debilitado por una pasión desmedida es un soberano embustero. Pienso ahora en la sudoración en las manos, el ritmo cardíaco acelerado antes de un encuentro, el vacío en la boca del estómago frente a un tropiezo callejero inesperado con esa otra persona. Todo suma, nada resta. Y enamorarse en la juventud es mucho más arriesgado porque se carece de la experiencia que brindan los años. El punto es que yo andaba descocado, allá en la mitad de mis 20’s, por una piel lechosa y unos ojos aguarapados. Todo giraba en torno a esa mirada larga, los gestos ambivalentes frente a mi rostro y la inminente posibilidad de un beso postergado. Mañana, tarde y noche se amalgamaban en el mismo deseo por sumergirme bajo esa carne sonrosada y tibia. Vainas de muchacho, pues.

Después de varios meses de ambiguo acercamiento y alejamiento, disfrutando del juego de una seducción progresiva, choqué de frente con una realidad incómoda: estaba enamorado solo. Hice lo indecible por llamar su atención de nuevo, por mostrarme interesante, decir frases luminosas y lisonjeras, pero nada. Nada. Me consumía bajo el peso de la frustración sentimental. ¿Hay algo más punzante que un corazón caprichoso? Y los sucesivos y lentos encuentros tampoco ayudaron. Seguimos siendo amigos, amigos igual que en las canciones donde te cuentan incluso las penas por otro amor no correspondido, y yo ahí, como un pendejo, escuchando sus quejas, queriendo creer que en cualquier momento se voltearía la tortilla y los párpados se alzarían para mirarme de frente y reconocer eso que yo tenía y quería ofrecer. Pero nada. Nada. Meses muertos de un año indeterminado.

Una noche, después de salir en grupo, intenté acercarme de nuevo, envalentonado por unos tragos de vodka sin jugo de naranja. La declaración fue torpe, arriesgada, ingenua, porque ya mi cuerpo no aguantaba más dilaciones y silencios. Tener que vernos casi todas las noches y saber que había un muro entre nosotros se hizo insoportable. Todavía me gustaba creer en el poder del verbo honesto, del corazón desnudo y los benditos finales felices. Y lo juro que hasta el último momento creí que podía salirme con la mía. El amor todo lo vence, me decía en susurros antes de lanzarme de cabeza por aquel barranco emocional. Por supuesto, salí con las tablas en la cabeza, ¿para qué negarlo? Todo lo que obtuve fue un ceño fruncido y unas palabras altaneras que se suponía eran para ubicarme en el espacio. Eso me pasaba por pendejo, me dije casi enseguida, cabizbajo, mientras recogía lo poco que quedaba de mi dignidad maltrecha. Santo remedio.

Esa misma noche, mucho después, me conseguí con una buena amiga, una de ésas que te pone la vida en el camino para ayudarte a ordenar los estropicios y sacudirte el polvo de la caída. Ella me escuchó en silencio, asintiendo una que otra vez, sin apartar los ojos de mis lloriqueos. Porque lloré, no me avergüenza decirlo; lloré con amargura, con desesperación, como si la existencia se me acabara al romper el alba, sin medir la calidad del melodrama que desplegaba infantilmente frente a ella. Me sentía muy mal, muy cansado, muy abatido para creer que al día siguiente podía ver todo bajo otra perspectiva diferente. Lo único que importaba era el dolor agudo que me cortaba la respiración, el mismo que se transformaba en oleadas de malestar físico que rebotaban por todo mi cuerpo. Entonces, ella habló.

Preguntó si yo recordaba que su madre había muerto pocos meses atrás, y dije que sí, entre sorbos de moco mal disimulados. Sin dejar de verme, dijo que tener a mi madre viva era un privilegio muy grande, porque podía abrazarla y besarla y hablar con ella al regresar a mi casa, pero que en su caso ya eso no era posible. Recordó lo mucho que esa pérdida la había afectado, y que aún lo hacía, de vez en cuando; pero enfatizó de nuevo que mi madre seguía viva y era la única que, si nos poníamos a ver, se merecía mis infatigables lágrimas. Luego mi llanto cesó como si hubiesen cerrado la llave del grifo. Nos vimos en silencio; supongo que mi amiga esperaba a que la luz se abriera entre tantas nubes oscuras. Y lo hizo, claro que sí.

Me sentí tan estúpido, tan trivial, tan despojado de todas mis seguridades. Ella tenía razón: mi madre estaba viva, la mujer que me había dado la vida, la misma que me aceptaba sin reservas ni recelos, que tan poco pedía a cambio por abrazarme en medio de refunfuños y músculos tensos de mi parte, y que creía en mí ciegamente. Mi madre. Pensé en la ternura de sus brazos, en la mirada serena de sus ojos, en la absoluta certeza de saber que ella intuía mis pensamientos incluso antes de que yo los pronunciara. Ella estaba viva, en mi casa, tal vez preparando el café tan sabroso que hacía al amanecer. Y sentí vergüenza, también, porque mi amiga ya no podía disfrutar de la suya con tanta facilidad. De pronto mis lágrimas se volvieron fatuas, incluso innecesarias, porque el mazazo me había devuelto la cordura perdida ante una pasión que no era correspondida.

Tienes razón, le dije. Nos abrazamos muy fuerte. Y antes de despedirnos le hice una promesa: jamás volvería a llorar así mientras mi madre estuviera viva, la única que se merecía un despliegue tan abrumador de llanto y desespero. Eso nunca lo olvidé, hasta el sol de hoy. Creo que en el fondo, mi amiga no sabe cuánto me ayudó. Y desde entonces, nadie, nadie, ninguna belleza pasajera, ninguna beldad divina, ningún parpadeo nervioso, ni siquiera otras pasiones similares y memorables, me ha hecho romper esa férrea promesa. Tampoco creo que lo haga a estas alturas. Hay prioridades que quedan marcadas para siempre encima de los lagrimales.